El Emirates contuvo la respiración durante 97 minutos. El Arsenal chocó una y otra vez contra un Chelsea ordenado, agresivo y tácticamente impecable. Parecía una de esas noches en las que todo se atasca, en las que el fútbol se juega más en la pizarra que en el área. Pero cuando el partido moría, apareció el único nombre posible, Kai Havertz.
El alemán marcó en el 98’, rompió el 0-0 y selló el pase gunner a la final de la Carabao Cup. Cinco años después, el Arsenal volverá a Wembley. Manchester City o Newcastle lo esperan.
Un ajedrez táctico que ahogó al Arsenal
Si la ida fue un intercambio de golpes (2-3), la vuelta fue lo opuesto: un combate cerebral, espeso, de detalles mínimos. Liam Rosenior planteó un partido quirúrgico. Cambió el sistema, armó una línea de tres centrales, adelantó la presión y tejió una telaraña en la mitad del campo que anuló por completo la creatividad local.
Rice y Zubimendi no encontraron líneas de pase. Gyökeres desapareció. Y sin Merino, Odegaard ni Saka, el Arsenal perdió desequilibrio y claridad. Incluso el balón parado, una de las armas habituales del equipo de Arteta, fue neutralizado por un plan tan arriesgado como efectivo: el Chelsea vaciaba el área en los córners y dejaba hombres listos para salir a la contra.
El dominio blue fue táctico, pero no emocional. Controló el ritmo, redujo espacios y convirtió el partido en una batalla de paciencia. Apenas un disparo lejano de Hincapié obligó a intervenir a Robert Sánchez. Durante más de hora y media, el guion fue exactamente el que quería el visitante.
El minuto 98 y el nombre inevitable
El problema del Chelsea fue la falta de colmillo. Defendió mejor de lo que atacó. Necesitaba un gol y jamás logró inquietar a Kepa. Ni los ingresos de Palmer y Estevão cambiaron la historia: mucha posesión, poca profundidad.
Y cuando perdonas, el fútbol no suele avisar.
Con el rival volcado en el tramo final, el Arsenal encontró un resquicio. Balón largo, ruptura al espacio y sangre fría total. Havertz controló, recortó al portero y definió con suavidad para desatar la locura en el Emirates. Gol agónico, gol decisivo, gol con aroma a final.
Wembley vuelve a llamar
El Arsenal no brilló. No fue un partido vistoso ni memorable desde el juego. Fue áspero, táctico y sufrido. Pero las eliminatorias no siempre premian al más espectacular, sino al que resiste hasta el último segundo.
Cinco años después, los de Arteta regresan a Wembley con la oportunidad de levantar un nuevo título. Manchester City o Newcastle serán el último obstáculo.

