Melbourne vivió una de esas jornadas que explican por qué el tenis sigue regalando días inolvidables. Dos semifinales eternas, piernas al límite, remontadas impensadas y campeones que se negaron a caer. La Rod Laver Arena fue testigo de batallas más mentales que físicas.
El premio es una final que parece escrita por el destino: choque generacional, historia contra presente, leyenda contra número uno. Dos caminos muy distintos que terminaron cruzándose en el último partido del torneo.
Djokovic, el león que nunca se rinde
Novak Djokovic volvió a demostrar que la edad no es un límite cuando la cabeza compite al máximo nivel. El serbio resistió las embestidas del campeón defensor, Jannik Sinner, y lo derrotó en cinco sets, 3-6, 6-3, 4-6, 6-4 y 6-4 tras más de cuatro horas de desgaste físico y emocional. Fue un duelo de resistencia pura, de esos que se deciden por carácter.
Con 38 años, el balcánico firmó otra página histórica: disputará su undécima final del Abierto de Australia y se convirtió en el segundo jugador de la Era Abierta en alcanzar una final individual con esa edad o más. Además, rompió una racha adversa ante el italiano, contra quien había perdido sus últimos cinco enfrentamientos, y ahora irá por su título 25 de Grand Slam.
Alcaraz sobrevive a una maratón imposible
Si lo de Djokovic fue resistencia, lo de Carlos Alcaraz fue supervivencia. El español necesitó cinco horas y 26 minutos para tumbar a Alexander Zverev en la semifinal más larga en la historia del torneo. Ganó 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5 en un partido que estuvo a punto de escapársele varias veces.
El número uno del mundo pasó de dominar con autoridad a luchar contra calambres, molestias físicas e incluso mareos. Llegó a estar a dos puntos del triunfo en tres sets, luego vio cómo su rival sacaba para ganar en el quinto, y cuando parecía acabado, resurgió. Con pura voluntad y talento, remontó en el momento decisivo y selló su primera final en Australia, convirtiéndose además en el jugador más joven en alcanzar las cuatro finales de Grand Slam.
Djokovic aporta experiencia, historia y nervios de acero; Alcaraz, potencia, juventud y hambre de época. El domingo, Melbourne tendrá un duelo generacional de alto voltaje: la leyenda que quiere agrandar su legado contra el presente que busca adueñarse del futuro. Una final que promete ser otra batalla inolvidable.

